ley primera:

miércoles, 28 de enero de 2009

Argentina se prepara para una invasion ? - parte 2

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  • Tucura: el azote de Dios

  • Por Julio Carreras (h), desde Santiago del Estero, especial para Causa Popular

    Los noticieros porteños dieron cuenta de modo fugaz, hace algunas semanas, de ataques de langosta sobre diversos cultivos del noroeste. Lo hicieron como se trata una nota de color, en una región más bien arcaica. Lo cierto es que los ataques de la tucura quebrachera -que así se llama el bicho- tienen una íntima relación con los cambios medioambientales producidos por la explotación agropecuaria. Peor aún, los sistemas -y los venenos transnacionales- con que se combate a la tucura pueden resultar mucho más dañinos que el bicho.


    - * Julio Carreras (h),

    Una alarma general se lanzó en las últimas semanas desde el sector agropecuario, en las provincias de Córdoba, Chaco y Santiago del Estero. La culpa presunta es de un bicho conocido con el cariñoso nombre de tucura quebrachera. Es una langosta de una voracidad extraordinaria que está arrasando los cultivos de soja y de todo otro tipo en la región. Siendo que esta langosta, como lo indica su apellido, debería alimentarse sólo con quebrachos, surge la pregunta de por qué ataca los cultivos, cosa que antes no había hecho.

    Los ataques de la tucura han tenido una inusitada violencia, algo de lo que poco y nada se conoce en las ciudades. Los agricultores, con ayuda del estado, vienen tratando de aniquilar al bicho sin éxito, desde el mes de marzo. Normalmente el insecto desaparece con poca o ninguna participación humana, llegado el invierno, para resurgir recién entrada la primavera. Durante esa estación debería terminar su ciclo. Este año no fue así. La tucura quebrachera todavía cubre como un ominoso manto lo que va quedando de montes en la región; y lo que es peor, gran parte de los sembrados.

    El nombre tucura es de origen guaraní. El bicho era conocido por los aborígenes, quienes sabían que a diferencia de su semejante, la langosta, no tiene hábitos migratorios. Cada colonia de tucuras “adopta” un espacio vital, donde suele instalarse para siempre, cumpliendo normalmente el ciclo que ya se refirió.

    ¿Por qué ahora no ocurrió aquello, sino al contrario, las tucuras parecen haber adoptado actitud de langostas y lentamente se están desplazando, desde el norte de Córdoba hasta el mismísimo Chaco? No sólo eso, también están reproduciéndose, de una manera nunca vista antes, hasta tornar insuficientes los esfuerzos de numerosos camiones fumigadores enviados por el gobierno. Uno de los responsables gubernamentales del combate, el ingeniero Guillermo Brin, cuando le preguntamos la causa por la cual la tucura “quebrachera” se lanza ahora tan masivamente sobre los campos de sorgo, pasturas y soja, contestó: “Porque cada vez va quedando menos quebracho blanco”.

    Eso fue en el mes de julio; en aquella oportunidad las fotografías que el profesional había tomado en los lugares afectados impresionaban: se percibía como un manto verde-amarronado cubría la vegetación. Agrandando la imagen, podían verse los detalles de estos animales no tan pequeños -pueden llegar a 14 centímetros de largo- de mandíbulas y mirada que se nos antojan amenazantes.

    La “enfermedad” y el “remedio”

    Lo primero que se piensa al ver esas imágenes es la palabra “plaga”, introduciendo seguidamente en nuestra razón la “necesidad de combatirla”. Y ¿de qué manera se “combaten” las “plagas” de insectos? Con venenos, por cierto.

    Por generaciones hemos sido acostumbrados a los métodos utilizados por el tipo de agricultores tomados tradicionalmente en Argentina como modelos. Con mucha frecuencia gringos, estos “productores agropecuarios” han impuesto a nuestra cultura la imagen de un campo habitado por tractores, equipos agrícolas, máquinas cosechadoras, silos mecanizados, camiones.

    Cuanto más complejas son esas máquinas, señal que mejor le va al empresario rural. Y “si al agro le va bien, al país también”, pues “somos un país esencialmente agropecuario”. Estos clisés suelen formar parte del vago repertorio de conocimientos que, acerca del campo, poseen los habitantes de la ciudad.

    Pero durante milenios sobre la Tierra cualquier desborde natural fue controlado rápidamente por un agente contrario existente en la propia naturaleza. De la misma manera como existen sapos y ranas que se alimentan de “bichitos de la luz”, hubo animales que se encargaban -y con gran eficacia- de las tucuras quebracheras. Principalmente los aguiluchos langosteros, aves que junto a otros pequeños predadores (1) solían dar cuenta de ellas en poco tiempo, manteniéndolas a raya. ¿Y que ocurrió con los aguiluchos langosteros? En nuestro país fueron prácticamente aniquilados, en 1995... por los humanos.

    Por eliminar las tucuras, en una situación parecida a la de hoy, los productores agropecuarios -esta vez de La Pampa- rociaron a tal punto sus cultivos con insecticidas que terminaron por matar a los aguiluchos.

    “Durante el verano de 1995-96, se registró en la región pampeana una importante mortandad de aguiluchos, recolectándose 5.000 aves muertas. Pero se estima que el incidente podría haber afectado un total de 20.000”, informa el programa gubernamental “S.O.S. Aguilucho”, donde participan el INTA, el SENASA (ex IASCAV), la Secretaría de Recursos Naturales y Desarrollo Sustentable de la Nación, organizaciones no gubernamentales, las universidades de La Pampa, Tandil, Rosario, Río Cuarto y los gobiernos provinciales.

    En La Pampa intervienen también el Ministerio de la Producción y la Subsecretaría de Ecología. En conjunto llevan adelante un Plan de Acción Estratégico, apoyado financieramente por los gobiernos de Canadá y de los Estados Unidos. Sus modestísimos resultados se limitan a poder informarnos que “desde la temporada 1996-97 no se han verificado nuevas mortandades masivas de aguiluchos”. Nadie fue hallado culpable de este aniquilamiento, ni mucho menos se conoce que esté en marcha alguna investigación con ese propósito.

    Dos modelos en pugna

    Existen otros tipos de agricultura y ganadería, basadas en conocimientos ancestrales. Estas reconocen a la naturaleza como un inmenso entramado en el cual cada elemento sirve para mantener al conjunto en un delicado equilibrio.

    Practicada por las comunidades aborígenes, fue heredada por los descendientes de hispanos y mestizos que se afincaron para siempre en estas tierras. Pese a su racionalidad, este modelo de producción agropecuaria no sólo es despreciado por la mayor parte de las universidades, sino además quienes aún la sustentan son perseguidos con el propósito de arrebatarles sus tierras.

    Es que en la Argentina “el negocio agropecuario” está llegando a un verdadero clímax de rendimiento económico, soliviantado por las inmensas exportaciones de soja y sus derivados. Precisamente las altísimas necesidades de gas oil por las que claman las asociaciones agrarias industriales está ligada directamente con las “cosechas record” obtenidas en 2006. No se dice que esas cosechas están dejando millones de hectáreas degradadas, a las que los hijos o nietos de estos productores abandonarán (si en caso viven allí) pues nunca más podrán ofrecer otra cosa que yuyos o polvaredas.

    Estos verdaderos depredadores humanos suelen ser, sin embargo, tratados como niños mimados. No sólo se les otorga una y otra vez larguísimos refinanciamientos bancarios, sino también suelen dragarse ríos, exceptuarlos de retenciones y hasta subsidiarlos para que “no dejen de producir”.

    Son estos mismos productores agropecuarios quienes, así como eliminaron a los aguiluchos desde La Pampa, incluyen en sus “daños colaterales” la desaparición de millones de hectáreas de quebrachales en Santiago del Estero, Córdoba, El Chaco, Misiones, Formosa, Corrientes, Entre Ríos. La tucura quebrachera, animal voraz por excelencia, sin quebracho blanco para mondar, se lanza por cierto ahora sobre cualquier planta. Hemos recogido información de que durante una avanzada similar, en Honduras, arrasaron hasta con las hojas de las palmeras (curiosamente, sin interesarse en sus frutos).

    Y otra vez se oye a las asociaciones agrarias clamar por ayuda gubernamental. Una senadora cordobesa ha presentado un proyecto de ley para que se declare “zona de emergencia” a la provincia y se brinde apoyo a la campaña de fumigación. En Catamarca, Santiago del Estero y El Chaco, equipos del SENASA junto a los gobiernos provinciales están haciéndose cargo. Y aquí viene otro problema.

    “Sopa” letal

    En el caso de la tucura, “no es obligatoria la intervención del Estado”, según el delegado del SENASA Catamarca, Ingeniero Carlos Alberto Maldonado: “La tucura es un bicho casi sedentario, que nace y se cría prácticamente en el mismo campo. Como digo yo habitualmente: usted es el dueño del campo y, así como es dueño de las vacas, es dueño de la tucura, entonces tiene que controlarla. Es como cualquier otra plaga, si ataca al cultivo la isoca, por ejemplo, uno mismo tiene que controlarla. El Estado no tiene la obligación de hacerlo... pero puede dar una mano”. Ahora bien, ¿en qué consiste esa “mano”? Dejemos que el mismo ingeniero nos conteste:

    “Las máquinas que existen en la zona son para las pulverizaciones en plano, no para las alturas, ni para usarse en medio del monte”, indicó Maldonado, agregando que el equipo fumigador o pulverizador adecuado está montado sobre un camión unimog y es una máquina turbo soplante, que tira un chorro de caldo insecticida a más o menos 30 metros. “Con eso estamos controlando nosotros - comentó el ingeniero -. El objetivo es bajar la densidad de población”.

    Desde Córdoba se nos informa que “el equipo técnico” trabaja denodadamente “con el fin de lograr en el menor tiempo posible que esta plaga de tucura quebrachera se vaya... El personal de la Agencia aplica un insecticida en los campos circundantes de la localidad para reducir la cantidad de langostas.

    En el operativo están trabajando un total de 70 personas: bomberos voluntarios de la Regional 12 -que comprenden los cuarteles de Totoral, Cruz del Eje, Deán Funes, Quilino, Jesús María, San José de la Dormida y Tulumba-; personal de Defensa Civil; Policía Ambiental; técnicos de la Agencia Córdoba Ambiente; y habitantes del lugar, que colaboran con el personal técnico para localizar los focos de la tucura quebrachera”.

    Ahora bien, cuando se habla de “caldo insecticida” para “bajar la densidad de la población (de tucura)”... ¿a qué nos estamos refiriendo?

    DuPont Agrosoluciones (“Uso Seguro de Productos Fitosanitarios”) ilustra al agricultor: “los ciclodienos (Aldrin, Dieldrin, Endrin) irrumpieron en el mercado (sic) en 1955 alcanzando en poco tiempo, por su eficacia y bajo costo, una extraordinaria difusión... para tratar 15 millones de hectáreas afectadas por tucuras y langostas”.

    Veamos qué dicen los estudios de organizaciones ambientalistas sobre estos “remedios”:

    “¿Qué les sucede al aldrín y al dieldrín cuando entran al medio ambiente?

    “La luz solar y las bacterias transforman el aldrín a dieldrín de manera que encontramos principalmente dieldrín en el ambiente.

    “Se adhieren firmemente al suelo y se evaporan lentamente al aire.

    “El dieldrín en el suelo y el agua se degrada muy lentamente.

    “Las plantas incorporan y almacenan aldrín y dieldrín del suelo.

    “El aldrín cambia a dieldrín en plantas y en animales.

    “El dieldrín es almacenado en la grasa y abandona el cuerpo muy lentamente.

    “Se incorpora al cuerpo de los humanos comiendo alimentos como pescados o mariscos de lagos o arroyos contaminados con cualquiera de estas sustancias químicas, o tubérculos, productos lácteos, o carnes contaminadas.

    “El aire, agua de superficie, o el suelo cerca de sitios de desechos pueden contener niveles más altos.

    “Habitando viviendas que alguna vez fueron tratadas con aldrín o dieldrín para controlar insectos.

    “Personas que han ingerido intencionalmente o accidentalmente cantidades grandes de aldrín o de dieldrín han sufrido convulsiones y algunas fallecieron. Efectos sobre la salud también pueden ocurrir después de un período de exposición prolongado a cantidades menores porque estas sustancias químicas se acumulan en el cuerpo.

    “Los animales expuestos a cantidades altas de aldrín o dieldrín también sufrieron efectos del sistema nervioso. En animales, la exposición oral prolongada a niveles más bajos también afectó el hígado y disminuyó su capacidad para combatir infecciones”. (2)

    Técnicos del INTA desaconsejan la “solución” promocionada por la multinacional química, por considerarla demasiado contaminante. Dicen, en cambio, que “se debe aplicar alguno de los siguientes insecticidas: dimetoato (1,000 lts/ha), clorpirifos + cipermetrina (0,450 lts/ha), fenitrotion + esfenvalerato (0,350 lts/ha), acefato (0,200 lts/ha), fenitrotion (0,600 lts/ha), mercaptotion (1,400 lts/ha), fipronil (0,020 lts/ha)”.

    Analicemos, nuevamente, desde la opinión ambientalista alguno de estos productos.

    “Dimetoato: Insecticida organofosforado sistémico y de contacto, altamente tóxico, con LD50 oral de l85. Nombres comerciales: Perfektion, Roxion, Anatoato, Maktion, Salut. Efectos agudos : Inhibe la acetil-colinesterasa. Afecta el sistema nervioso e irrita la piel. Se puede morir por fallo respiratorio. Es absorbido por inhalación, ingestión y penetración cutánea. Efectos crónicos: Altamente tóxico. Tóxico para los riñones, interfiere en la fertilidad masculina y femenina. La EPA plantea que su uso tiene riesgos de efectos mutagénicos, reproductivos y fetotóxicos y se sospecha de efectos cancerígenos. Disminuye la líbido y el número de esperma, aumenta la cantidad de esperma muerto en conejos. Efectos ambientales: muy tóxico para abejas y aves.

    “Clorpirifos (órgano fosforado): toxicidad aguda, III SAG. Dolor de cabeza, hipersecreción, contracción muscular, nausea, diarrea, depresión respiratoria, convulsiones, pérdida de conciencia, miosis. Neuropatía retardada, neuropatía periférica óptico autonómica, cáncer. Las consecuencias se deben principalmente a la bioacumulación, toxicidad, alta persistencia y carácter no móvil (riesgos debidos al contacto directo con el plaguicida o al consumo de hortalizas o frutas contaminadas)” (3)

    Ciudades sobre cementerios

    Quienes desde las ciudades ven llegar caravanas de camiones cargados con “productos del agro”, o aparecer a los agricultores gringos en relucientes 4x4 pueden sentir por transición que están habitando una nación pujante. No saben que muchas de esas fortunas visibles se construyeron con sistemática frecuencia sobre millones de muertes.

    El genocidio de los aborígenes -perpetrado con singular unanimidad por unitarios y federales- fue necesario para la instalación de un modelo que permitió a los estancieros cerrar cabarets en París para su uso privado mientras la hambruna destruía miles de familias argentinas en los obrajes.

    La destrucción de plantas y animales originarios por millones en el Noroeste ha sido, desde el comienzo de la “Revolución Agraria”, un requisito necesario para sostener un nuevo modelo, actualmente perfeccionado: el de los “agronegocios”.

    Dicha “perfección” llegó hacia los `90, pergeñada por tres factores cruciales: la absoluta desregulación establecida por el menemismo y el “paquete tecnológico” provisto por Monsanto, y en menor medida otras compañías de transgénicos y productos químicos. En tercer lugar y no por último la siembra directa, un sistema aplicado con maquinaria especial, que permite sembrar y cosechar todo el año (y por ende acumular ganancias sin descanso).

    La desregulación permitió que la actividad agraria ya no sea un sector controlado por agricultores (ni siquiera esos gringos de las 4x4) sino por capitalistas urbanos, quienes ni conocen ni les interesa en lo más mínimo el campo: “invierten”, impulsados por las cotizaciones que alcanzan los productos del agro.

    Así, para un “inversor” que habita algún country de Madrid o Buenos Aires, no significan más que desagradables referencias de algún ecologista loco las mortandades de animales prehistóricos, como el tatú carreta o el tupinami, o la pérdida irremediable de millones de hectáreas de especies arbóreas milenarias.

    La tucura no es “una plaga más” provocada por mutaciones inexplicables. Es, por el contrario, un resultado de la creciente destrucción del ecosistema por una equivocada explotación humana. El “remedio” buscado -la fumigación de insecticidas- puede traer, a mediano plazo, consecuencias que sólo agravarán la situación.

    Todavía estamos a tiempo de salvar lo que sobrevive y revertir incluso este proceso. Con un adecuado planeamiento -no para gestión de un gobierno, sino como política de Estado- es posible consolidar un sector agropecuario capaz no sólo de abastecer a la nación sino también a toda Latinoamérica si se lo propone. Y sin destruir la naturaleza, como muchas organizaciones, incluso empresarias -así, la Fundación Vida Silvestre-, ya lo vienen advirtiendo desde hace tiempo con alarma. Ojalá nuestras autoridades reciban la santísima inspiración... antes de que ya sea muy tarde.


    (1) “Se puede realizar control biológico, porque las tucuras pueden ser controladas por numerosos enemigos naturales entre los que se encuentran: moscas, avispas, hormigas, hongos, bacterias, virus, protozoarios (Nosema locustae), arañas, roedores, aves: garzas, gaviotas, aguilucho langostero, palomas, perdices, entre otras...”. Ing. Jorge Garay, INTA San Luis.

    (2) La información sobre plaguicidas fue obtenida de RAP-AL , centro regional para América Latina y el Caribe de Pesticide Action Network (PAN), organización establecida en 1982, con oficinas regionales en Africa, Asia, Europa, América del Norte y América Latina.

    (3) Ídem anterior.



fuente:http://revista-zoom.com.ar/articulo1391.html



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